El conflicto en la escuela, una mirada positiva

Mgter. Verónica Miná

Actualmente el escenario social se encuentra atravesado por un incremento en los conflictos, la violencia y los malestares en los vínculos. El espacio educativo no está ajeno a esta problemática.  A través del discurso de los agentes educativos se pueden evidenciar situaciones como enfrentamientos, murmuraciones, burlas, peleas, dificultades en lograr consensos, entre otras.

Si bien quienes están implicados en este malestar son los alumnos, docentes, directivos y también las familias, el mismo tiene efectos directos al interior de la escuela, nos referimos a la posibilidad de lograr aprendizajes satisfactorios y establecer un lazo social más integrado y fuerte.

            El ser humano nace dentro de una estructura social, su socialización comienza en el seno de la familia y se amplía luego al campo social. Esta conquista hacia nuevos espacios mueve al sujeto a su inserción en nuevos ámbitos, se trata de la socialización secundaria que requiere la comprensión de roles, estructuras, interpretaciones y comportamientos específicos y  dentro de un área social e institucional.

Estos pasajes al campo social pueden ubicarse en el proceso de ingreso de los niños a la institución educativa.  La escuela es una formación social visible de la cultura cuya finalidad distintiva es la de transmitir saberes socialmente significativos también es una institución y como tal encarna normas universales y formas de funcionamiento particulares que regulan las relaciones entre los seres humanos.  Asimismo la escolaridad es el ámbito por excelencia torno al cual se enriquece y se acrecienta la  actividad del pensamiento, la atención, el juicio, el razonamiento y la acción controlada.  En definitiva el espacio educativo como ámbito de socialización secundaria: encauza y transforma las pulsiones en un fin socialmente aceptable y valorado como es el aprendizaje escolar,  expande y enriquece de la actividad del pensamiento en el marco del establecimiento de un lazo social más amplio y plural.

Pero ¿Por qué tenemos con las instituciones lazos tan fuertes? Porque tal como lo describe Kaës: “La institución nos precede, nos sitúa y nos inscribe en sus vínculos (…) nos estructura y trabamos con ella relaciones que sostienen nuestra identidad”. De manera que la institución es un sistema de vinculación del cual el sujeto es parte interviniente y parte constituyente lo podemos situar como un pacto de intercambio dado por la relación del sujeto con el grupo social de pertenencia.[1]

           Asimismo Piera Aulagnier sostiene que el primer lugar fuera de la familia que el niño conquista es el del medio escolar, donde obtiene gratificaciones como: la amistad, la comprensión, el afecto, la protección, la ternura, en el marco de la relación con los docentes y compañeros. Sostiene también que con esos pares además de compartir satisfacciones, se establecen rivalidades, se mide la “fuerza física y psíquica en un conflicto que se desarrolla con armas iguales”[2].

            Siguiendo esta línea de pensamiento lejos de ser algo patológico podemos entender el conflicto en la escuela como una instancia esperable,  propia de la diversidad, de la pluralidad y de la dinámica vincular. Entendemos el conflicto como la contraposición de intereses entre individuos o grupos, en las que hay divergencia,  desacuerdos o incompatibilidad con respecto a: sentimientos, percepciones, necesidades o valores. Sin embargo cuando hay una expresión violenta de las incompatibilidades, una falta de aceptación del otro y una forma destructiva de resolver un conflicto estamos frente a otro fenómeno: el de la violencia. Siguiendo las conceptualizaciones de Humberto Maturana la violencia es "un modo de relación en la que alguien se mueve en el extremo de la exigencia de sometimiento y obediencia de un otro, cualquiera sea su intensidad y el espacio interaccional en el que tenga lugar. En cada espacio relacional, la violencia adquiere modalidades específicas que se caracterizan por la negación del otro, llegando a su destrucción o por lo menos a su disminución física y emocional"[3].

La percepción del conflicto como algo negativo está muy extendida. Pero podemos tomarlo, no como una amenaza, sino desde una perspectiva positiva, es decir, “el conflicto es una realidad ineludible, pero en sí mismo no es ni positivo ni negativo, sino que ello dependerá de la forma en que se gestione o transforme por parte de los actores implicados”[4] . Es fundamental, entonces,  diferenciarlo de la violencia que nos exige un dispositivo de abordaje distinto y no es el objetivo de este escrito.

En esta oportunidad nos enfocamos en la perspectiva del conflicto desde sus múltiples oportunidades de aprendizaje y construcción. Quienes transitamos las instituciones educativas en lo cotidiano podemos intervenir orientando a los alumnos,  para que como socios que trabajan juntos,  puedan analizarlos, enfrentarlos y solucionarlos de manera satisfactoria.  Se trata de un abordaje cooperativo y pacífico del conflicto y una oportunidad para que puedan reflexionar sobre sus capacidades y saber que tienen las herramientas y  condiciones para resolver ése y también otros conflictos que se puedan presentar a futuro. En consecuencia enfrentar juntos las soluciones a problemas compartidos será una posibilidad de desarrollo de habilidades sociales, de enriquecimiento y aprendizaje individual y colectivo.


[1] Kaës, R. (1989).  La institución y las instituciones. Buenos Aires: Paidós. Pág 20

[2] Aulagnier, P. (2007).  Los destinos del placer.  Buenos Aires: Paidós. Pág 227

[3] Maturana, H. (1997) Biología y Violencia, en: Violencia en sus distintos ámbitos de expresión. Santiago de Chile. Ediciones Dolmen.

 

"JUNTOS HACIA EL DESARROLLO DE LAS HABILIDADES SOCIALES"


La mirada (de los padres) (*)

Los niños crecen en la mirada enamorada de su madre. Es una frase que confirmó cada día [...]. Podría  "mejorarla" diciendo mirada enamorada de la madre, del padre y personas significativas de su entorno durante la crianza.

Con esa mirada crece la imagen de sí mismo, la autoestima, su confianza de ser valioso y de que el mundo lo va a recibir amorosamente y lo va a aceptar. Crecen la fortaleza y riqueza de ese pequeño ser que va constituyéndose desde el primer día de vida sin necesidad de organizar defensas inadecuadas.

En ese contexto, enamorada significa encantada, llena de amor incondicional, fascinación, aceptación […].

Al nacer, el bebé no sabe que "es"; y lo va a descubriendo poco a poco a través de su entorno, que funciona como un espejo que lo refleja. Si predominan las expectativas en las que lo hacemos sentir valioso, digno de amor, querido, querible, único, él se sentirá exactamente así. Lo mismo ocurrirá si le mostramos que es molesto, ruidoso, insoportable, burro, demandante... Las palabras, el lenguaje corporal y las actitudes de los padres irán moldeando la imagen de sí mismo. Esto no significa que todas las experiencias tengan que ser de ese tipo, pero sí que estas predominen en la experiencia del niño.

Revisemos nuestras expectativas de modo que sean razonables y realistas, tanto acerca del niño como de nosotros mismos. Pueden no serlo por muchas razones: que traslademos nuestra autoexigencia nuestros hijos, que sea demasiado importante para nosotros la opinión de otros (padres, abuelos, amigos, etc.), que intentemos que nuestros hijos hagan lo mismo que hicimos nosotros, o lo que no pudimos hacer, nuestra falta de experiencia, nuestra dificultad para esperar que ellos maduren a su debido tiempo, nuestra propia autoestima baja que nos hace buscar seguridad en hijos "perfectos” […].

Si le damos a un niño muchos besos sin esperar nada cambio, sin forzarlo a nada, un día empezará hacer lo mismo […]. Disfrutemos cada momento evolutivo sabiendo que el próximo va a llegar y los veremos sonreír confiados y seguros de sí mismos […]. Un ejemplo: los chiquitos tiran vasos (especialmente los llenos) por mil razones. Porque son torpes y no tienen el esquema corporal consolidado, porque jugar es más importante para ellos que la alfombra, porque su capacidad de atención todavía es limitada, porque el enojo puede dominarlos hasta hacerlos tirar el vaso a propósito. Una mamá demasiado exigente (consigo misma y, en consecuencia, también con su hijo) se va a enojar mucho; y luego se va a volver a enojar con él porque al tirar el vaso y hacerla enojar, la hace sentir una mala mamá [...].

Qué podemos hacer para no perder esa mirada? Esto no significa ser permisivos, sino encontrar un equilibrio entre las necesidades, las expectativas y las reales posibilidades tanto de los hijos como de los padres. Nuevamente la fórmula es fácil de enunciar, pero no tan simple de ejecutar:

a) ponernos un ratito en su lugar para saber lo que sienten y piensan,

b) enseñar e insistir en hábitos y reglas claras y coherentes, aunque flexibles cuando sea necesario,

c) Sostener con firmeza los límites; establecidos de acuerdo no sólo a la edad cronológica, sino también a cada niño, a la madurez de su yo, a la variedad de recursos con los que él cuente, al momento evolutivo o familiar que está viviendo, a las diferencias individuales, a su sensibilidad […].

(*) Extracto del libro “Criar hijos confiados, motivados y seguros” de la Lic. En Psicología Maritchu Seitún, Editorial Grijalbo, 2011, Buenos Aires, Argentina. 


Poner límites a nuestros hijos: un desafío continuo

Los niños nos ponen a prueba porque están explorando los límites en todos los aspectos del mundo que les rodea. A veces es difícil educar a un niño pero es necesario establecer normas y límites mientras está aprendiendo.

¿Por qué es necesario poner LÍMITES y establecer REGLAS?

• Los niños necesitan ser guiados por los adultos para que aprendan cómo realizar lo que desean de la manera más adecuada.

• Es fundamental establecer reglas para fortalecer conductas y lograr su crecimiento personal.

• Los límites deben basarse en las necesidades de los niños.

• Lo que se limita es la conducta, no los sentimientos que la acompañan.  A un niño se le puede solicitar que no haga alguna cosa, pero nunca se le puede pedir que no sienta algo o impedirle una emoción o sentimiento.

• Los límites deben fijarse de manera que no afecten el respeto y la autoestima del niño.  Se trata de poner límites sin que el niño se sienta humillado, ridiculizado o ignorado.

Lo más importante en términos de límites es ser claros, coherentes y firmes:

  • La claridad está relacionada con poder transmitir qué se espera del niño. Es el objetivo enseñar las normas con pocas palabras y que las mismas sean entendibles para ellos, ajustándose al perfil y características que presente. Es probable  que si el niño no entiende lo que puede o no puede hacer será más difícil poder respetarlo.
  • La coherencia tiene que ver con que los adultos también tienen que respetar las normas. No hay que olvidar que los niños aprenden observando a los adultos. Así que hay que asegurarse que el comportamiento pueda servirle como modelo. Si como adultos “decimos” una cosa, pero con nuestro accionar “hacemos” otra,  no podemos pedirle que ellos lo respeten, porque es una contradicción en sí misma.
  • La firmeza hace referencia a poder sostener la norma o límite que se ha planteado. Si se hace alguna advertencia, mantenerla hasta el final ya que ante la incoherencia se pierde autoridad.

En referencia al establecimiento de normas hay ciertas cuestiones que los adultos debemos tener en cuenta:

  • Que deben ser pocas, claras y estables.
  • Que son indispensables para la constitución del ser humano y la vida en sociedad.
  • Deben ser presentadas en un clima afectivo y creador de seguridad.
  • Evite calificar al niño, solamente señale el problema.

El niño tiene que sentir que las normas son un acto sereno, razonable y cordial y no el fruto de un enojo. Las normas deben ser dadas con la confianza y la convicción de que él va a cumplirlas. Toda duda y toda posición interior contrariada generarán una forma de doble mensaje que acaba siendo perjudicial.  

No olvidar: 


Invitamos a toda la comunidad educativa a reflexionar a través del artículo:

"¿Educamos para vivir o para sobrevivir?" de Sergio Sinay.