Colegio Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús

18 de mayo, día de Santa Rafaela María

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18 de mayo, día de Santa Rafaela María
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Rafaela María: Modelo De La Espiritualidad Aci

Los Datos De Una Historia Personal, Un Tiempo Y Un Lugar

Rafaela María Porras y Ayllón nace el 1 de marzo de 1850 en Pedro Abad (Córdoba, España). La mayor parte de su vida transcurre en la segunda mitad del siglo XIX, y en una España que va transformándose a través de revoluciones políticas y cambios sociales. Su ambiente de origen, el de su infancia y juventud, es campesino, y se sitúa en el marco de una familia que tiene raíces en la aristocracia rural, pero que va emparentando con una burguesía urbana. Rafaela María vive dentro del sistema de valores de esta sociedad: religiosidad profunda, trabajo, austeridad, sencillez, confort relativo, seguridad, estabilidad.

Vive en una familia numerosa, como son frecuentes en su época y aún mucho después. Entre padres, hermanos y sirvientes, la casa de los Porras es casi una pequeña ciudad autárquica. Ella es la más pequeña de la familia, pero nunca ha sido una niña mimada. Ha dado sus primeros pasos siguiendo siempre a hermanos mayores, y en especial a Dolores, que la aventaja en cuatro años y la domina bastante. Desde muy pequeña ha experimentado la alegría de la compañía y la fraternidad, pero también la necesidad de compartir, de ceder y renunciar.

A sus dieciocho años, Rafaela María ha vivido muchos cambios, tanto en la familia como en la sociedad. Antes de los veinte tiene ya muy claro el proyecto fundamental de su vida, aunque desconoce enteramente los detalles. Sabe que va a darse del todo a Dios, y que esta entrega le va a suponer un derroche de generosidad con todos los que la rodean. Tiene un profundo sentido "de Iglesia; es decir, de la familia de los hombres que creen en Jesucristo y llaman a Dios "Padre".... todos los días de su vida agradece el don del bautismo, que la hizo entrar en esa comunidad que no se acaba ni siquiera con la muerte.

Ha comulgado por primera vez a los siete años y siempre valora este hecho como una predilección, porque a su tiempo era sumamente raro comulgar a esa edad. Ha sido luego una adolescente precoz: ha sentido el gozo y la exigencia de la amistad, ha tenido lucidez y generosidad suficiente para entregar el corazón a los quince años recién cumplidos.

Los quince, dieciséis, diecisiete años de Rafaela son los de una adolescente feliz. Respira a pleno pulmón la exuberancia de la naturaleza: el mar, las flores en la primavera, las amapolas entre el trigo y al borde de los caminos... Todo lo vive en plenitud, pero con la sensación permanente de estar ya poseída y plenificada por la fuerza de un amor que la transciende absolutamente.

Y al filo de los diecinueve, la sacude con fuerza la muerte de su madre. No cambia la orientación de su vida, pero empieza a constatar la fragilidad de todas las cosas y la necesidad de apoyarse en Dios, incluso para responder a Dios mismo. Y de nuevo da gracias, porque la luz que le viene alumbrando desde niña le marca ahora un sendero de entrega a los demás que será el inicio de una aventura generosa. Ella y su hermana van a ser desde ahora sirvientas de los pobres, hermanas de todos los que las necesitan.


Dejarlo Todo

Si Rafaela hubiera vivido sólo veinte o veintidós años, la gente de Pedro Abad ya la habría aclamado por santa. Pero su destino no va a ser el de una mujer piadosa y caritativa, dispuesta a aliviar con su fortuna las penalidades de los pobres del pueblo. En este momento, la incomprensión de la propia familia Porras -están todos indignados ante semejante cambio de vida- le sirve de indicador para tomar un nuevo rumbo.

Rafaela y Dolores han comprendido el alcance exacto de las palabras de Jesús: "Anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres...".

Se dan cuenta de que es conveniente darlo todo de una vez: captan la dificultad de ser administradoras de la propia fortuna, el peligro de distribuir sin conservar la mejor parte. Entienden el Evangelio a la letra: no van a ser ricas que comparten con los pobres. Ellas quieren ser pobres con los pobres. Por eso deciden hacerse religiosas.

En Búsqueda

Y un día de febrero de 1874 las dos hermanas salen de Pedro Abad y abandonan su apacible mundo. Al año siguiente, después de bastantes peripecias, emprenden la vida religiosa en Córdoba.

Un Nuevo Instituto

En 1877, después de un preámbulo heroico de entrega a los pobres de su pueblo natal, Rafaela y su hermana dan por terminada su primera búsqueda y concretan sus esfuerzos en un proyecto. Fundan un Instituto dedicado a la formación cristiana a través de la enseñanza y la catequesis, y basado en una vivencia profunda, dinamizadora, de la Eucaristía.

Rafaela María acepta el reto y se lanza sin vacilaciones a la tarea. Por encima de las dificultades (no resultan, por cierto, ni pequeñas ni pocas), cree siempre en lo que está emprendiendo.

Esa Mano Que Siempre Guía...

Contemplando a lo largo de su vida los caminos recorridos hasta el establecimiento del Instituto de Esclavas, Rafaela María y su hermana se admiran al ver la mano de Dios, que las guía deshaciendo muchas veces sabios planes proyectados por los hombres. Están convencidas de que el verdadero fundador ha sido y es el amor del Corazón de Cristo. Viven ejercitando continuamente la esperanza y la fe. La historia de la fundación es una especie de Historia Sagrada, un largo camino, mantenido durante años… El gran milagro de Rafaela María es su amor constante, ese amor que le hace posible superar toda clase de contradicciones. Fiel a la llamada de Dios, clarividente y humilde al mismo tiempo, cree en la misión que ha recibido: responder en todo momento al amor de Cristo particularmente manifiesto en la Eucaristía, quemar la vida entera en el interés de su Corazón por todos los hombres. Abre los primeros caminos de su instituto (España, Italia,…), pero prepara el espíritu de las Esclavas ensanchándolo a las dimensiones del mundo.


Todo lo que emprende, todo lo que lucha o tiene que padecer en la vida, se encamina a "poner a Cristo a la adoración de los pueblos" y a "trabajar porque todos le conozcan y le amen". Funda colegios y casas de espiritualidad, y abre de par en par las puertas de sus iglesias para que personas de toda edad y condición puedan gozar de su experiencia religiosa más característica: la adoración de Cristo en la eucaristía. Tiene el gozo de saber que, donde quiera que vaya, una comunidad de Esclavas se constituye siempre en foco de anuncio evangélico.

Humilde, Libre y Alerge

A la mitad de su vida experimenta el fracaso, pero también ahí reconoce y adora la mano que la viene guiando desde su juventud. La humildad y el amor la liberan de cualquier tipo de amargura y le permiten vivir en una paz sin límites. Acepta disminuir, y desaparecer incluso de la escena pública, porque lo cree imprescindible para mantener intactas la alegría y la fraternidad dentro de esa familia que es su Instituto. Cuando entra en la oscuridad, permanece serena, feliz, superando los condicionamientos que parecen querer condenarla a una existencia triste. Porque ha amado mucho, ha podido ser pobre y humilde sin perder nunca un hondo sentido de dignidad personal. Su heroísmo es una especie de savia oculta que da vida a la obra que Dios le ha encomendado y que, a través de los años oscuros, sigue creciendo. Cuando muere en 1925, las Esclavas están extendidas por varios países, y continuarán después su expansión universal, realizando los ideales que ella, desde su rincón de Roma, tanto ha soñado y deseado. Pablo VI la proclama santa el día 23 de enero de 1977.

 
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